Un lunes tonto de septiembre. Una semana en la que puedes tomarte algunos días de descanso después de un verano frenético. Ganas de escaparte de casa. Una acción intempestiva, un sí, vamos a Córdoba. Y así es como preparamos una escapada a esta ciudad andaluza en apenas 2 horas.

No es que seamos muy impetuosos. O sí. No será la primera vez que nos lanzamos a la carretera con apenas 48 horas de planificación, pero lo de esta vez se nos fue de las manos. Y es que tener en mente salir a visitar una ciudad para desestresarte, para apartarte de la maldita monotonía, del tedio de demasiadas obligaciones entre manos, se convirtió en tres días en la ciudad de Córdoba. Sí, a veces somos así; los pobres también cometemos locuras.

RUTA PARA 3 DÍAS EN CÓRDOBA

DÍA 1

Preparación

Era un lunes de septiembre – como ya he dicho – y teníamos pensado visitar alguna ciudad cercana a València, en la que no hubiéramos estado antes y que nos interesase. Nos pusimos a pensar, a mirar el mapa, a barajar posibilidades… Que no nos quedaba nada que nos llamase la atención. En estos momentos odiamos vivir al lado del mar… Una cuenta de Instagram hablando de Córdoba, y yo menciono – sin demasiada esperanza, más por el hecho de decir algo que el de decirlo en serio – ir hasta esa ciudad si es que no se encuentra demasiado lejos. Juanjo me mira y dice: pero ¿a cuántas horas está? Me voy al Google Maps y digo: ufff… cinco.  Juanjo me mira: hombre… yo que sé, si encontramos alojamiento barato… No me lo puedo creer, ¿estará asintiendo o es que el no haber desayunado aún me provoca alucinaciones?

Pues no, parece que la cosa va en serio. Nos metemos en booking y buscamos alojamiento en la ciudad. Si encontramos algo asequible, nos vamos a ir con los ojos cerrados. Pues vaya, parece que sí, que Córdoba es una ciudad perfecta para los viajeros con pocos recursos. Por menos de 60€ encontramos un hostal para dos, con baño privado, muy cerca del centro de la ciudad. Son las 11 de la mañana y acabamos de decidir que en un par de horas pondremos rumbo a Córdoba para pasar dos noches allí.

Ya sabéis como van estos viajes nuestros: tiramos de ensaladas de pasta caseras y todo eso para poder permitirnos alguna escapada de vez en cuando. Esta vez no va a ser diferente, así que a contrarreloj nos ponemos a preparar la comida, al menos para ese día. Cuando lleguemos a Córdoba nos toparemos con la realidad: hasta los pobres nos podemos permitir comer en los restaurantes.

De València a Córdoba, como ya he apuntado más arriba, hay unas 5 horas de viaje, todo por autovía. Como también he mencionado, no tenemos nada preparado, pero como somos unos freak de los libros tenemos un arsenal viajero: un par de guías sobre Andalucía, otro par de rutas por España y uno sobre Ciudades Patrimonio españolas. Mi mochila pesa más que la de libros del doctorado – venga, no… no exageremos –, y con ella cargaremos estos días para intentar no dejarnos nada. Cuando arrancamos empezamos a decidir: ¿vamos a ver algo por el camino?Nos preguntamos. Tras unos momentos de reflexión decidimos que no, que solo vamos a estar en Córdoba, que vamos de relax. Parece que nos estamos haciendo mayores y eso de querer verlo todo de una tacada ya no nos gusta. También puede que influya el hecho que, para visitar algo nuevo – y de nuestro agrado –, tengamos que conducir más de 400 km. Decidido: estaremos solo en Córdoba, y nos acercaremos el último día hasta Medina Azahara.

El Viaje

Ésta va a ser nuestra primera vez en Andalucía y estamos verdaderamente emocionados. Cruzar Despeñaperros se va a convertir en una alegría. Que mira, que sí, que ya estamos en Andalucía, ¡y olé! Eso de ir mordisqueando, poquito a poquito, toda España es algo que nos encanta. Ahora un trocito de Castilla, ahora otro de Navarra, pero metámonos también en Andalucía, que el territorio lo vale. No sé a vosotros, pero a mí eso de ir a un lugar en el que jamás he estado me da la vida.

Cruzado Despeñaperros aparecen ante nosotros los inmensos campos de olivos de Jaén. Nosotros venimos también de tierras donde el olivo es esencial para la economía del lugar, pero a una escala distinta. Aquí, en Andalucía, los cultivos son extensivos, los campos son mantos de un verde parduzco que cubren llanuras, lomas y colinas. Una extensión sin fin de árboles que son replantados para que la producción de aceite sea mucho mejor. Todo lo contrario a lo que sucede en nuestra tierra, donde los olivos de más de mil años son la tónica general y las parcelas pequeñas fragmentan el territorio.

Entre olivos, y más olivos, y más olivos, acabamos llegando a Córdoba. La ciudad, a primera vista, es una ciudad como cualquier otra. Debes meterte en las entrañas de la localidad para descubrir un tesoro valiosísimo en forma de casco histórico.

Llegada a Córdoba

Aparcar en Córdoba no es demasiado difícil, sobre todo si te metes en la Avenida de la República Argentina, donde la zona de párking es bastante abundante, y mucha de ella gratuita. Nosotros aparcamos allí, y allí descansará el coche durante dos días enteros, porque increíblemente no lo vamos a tocar para nada.

Nuestro hotel – hospedería en este caso – se encuentra en la frontera entre la zona Patrimonio de la Humanidad y lo que vamos a llamar ‘zona normal’. Desde él, mapa en mano – y móvil también -, vamos a echarle un primer vistazo a Córdoba. Nos vamos en busca de la Mezquita-Catedral y nos encontramos con una ciudad que por la noche es preciosa, muy calmada – es el segundo lunes de septiembre –, y en la que el calor es sofocante, y eso que son casi las diez de la noche.

Córdoba Nocturna

Nos topamos con la Mezquita. ¡Mira que puertas! Nos decimos. Pero oye, y qué callejuelas, y que casas tan bonitas. Y qué dorada esta luz. ¿Y si caminamos por aquí? Sin darnos cuenta estamos ya en el Guadalquivir, con la Puerta del Puente ante nosotros, y empezamos a pasear por ese increíble puente romano que nos lleva hasta la Torre de Calahorra. Desde ésta se tienen unas vistas magníficas del conjunto de la Mezquita y También del Alcázar de los Reyes Cristianos. Las vistas allí nos abruman y decimos jolín, qué bonita es Córdoba por la noche.

Comemos algo y damos un paseo por la ciudad, casi a solas, bajo la luz de los faroles. Yo no puedo creer que por fin haya pisado la que fue capital del califato. ¿Quién dice que los pobres no cumplimos nuestros sueños?

DÍA 2

Visita a la Mezquita-Catedral

Hoy toca levantarnos temprano; hemos leído que entre las 08:30 h de la mañana y las 09:30 h la entrada a la Mezquita-Catedral es gratuita. Si madrugas no es que Dios te ayude, es que te ahorras 10€.

El camino hasta la Mezquita es el mismo que tomamos el día anterior pero la ciudad, a la luz del día, aparece totalmente distinta. Distinta, y mejor. Aquello de que por la noche todos los gatos son pardos es cierto, pero es que Córdoba, por el día, pasa de ser gato pardo a ser pantera majestuosa.


Cuando llegamos a la puerta de la Mezquita-Catedral – una puerta lateral, en la fachada derecha del edificio, si tomamos el minarete-campanario como referencia – hay gente ya esperando. A las 08:32 h un señor abre la puerta y nos deja pasar. Entramos en un patio enorme, el Patio de los Naranjos,  de forma rectangular, lleno de árboles y fuentes. Seguimos a la multitud y llegamos a otra puerta donde un guardia revisa bolsas y mochilas y nos dice que a las 09:20 h se empieza a desalojar el edificio. Entramos, por fin, en la Mezquita-Catedral de Córdoba.

La Mezquita de Córdoba empezó a construirse en el año 784 bajo las órdenes de Abderramán I, sobre la antigua basílica visigoda de San Vicente. Con 11 naves divididas den doce tramos perpendiculares a la quibla, la Mezquita fue la mayor de todo el mundo. Hoy en día, si siguiera siendo mezquita y no catedral, sería una de las mayores del mundo.

Después de Abderramán I llegó el segundo, que amplió el lugar de culto hasta dejar para la posteridad 856 pilares que sustentan el edificio. Almanzor tuvo que hacer la mezquita todavía más grande, y la falta de espacio – el Guadalquivir fue el culpable – obligó a seguir la construcción orientada al este en vez de al sur, donde la Meca, por lo que el mihrab quedó descentrado.

Algunos siglos después, con la conquista cristiana de la ciudad por parte del Fernando III, la mezquita fue convertida en catedral. Así, arquitectura califal, estilos gótico, renacentista, plateresco y barroco están todos reunidos en un solo espacio.

No sé cómo describir mi ánimo al traspasar la puerta que nos lleva hasta las entrañas del edificio. La majestuosidad de tanta columna y tanto arco, tanta simetría y tanta luz tamizada me abruman. Por fin estoy visitando uno de mis sueños viajeros, quién me lo iba a decir a mí, una pobre viajera.

La hora que tenemos por delante la vamos a aprovechar para caminar y admirar la belleza de la arquitectura califal. El mihrab es algo maravilloso y la bóveda de la macsura es de una belleza increíble. Tan solo me chirría algo allí, y es el templo cristiano. Pero demos gracias a que respetaran en mayor parte la arquitectura original del lugar. Al final, unos hemos construido encima de otros, la mayoría de las veces destruyendo el legado de culturas anteriores. En este caso tenemos un ejemplo de convivencia extremo, donde el mundo árabe y cristiano se funden en sentido literal y eso es muy, muy difícil de encontrar.

En los laterales del edificio hay dispuestas distintas capillas cristianas, en una de las cuales podemos encontrar el sepulcro de Góngora.

A las 09:20 h, uno de los guardias comienza a desalojar el edifico; venga, vamos saliendo, que nos da la hora. Qué resalaos, estos cordobeses. Volvemos a encontrarnos en el Patio de los Naranjos, y damos un paseo calmado por él. Aquel lugar se está llenando de gente de todos los lugares del mundo. Son las 09:30 h de un martes de septiembre… ¿cómo puede ser?

Alcázar de los Reyes Cristianos

Nuestra siguiente parada va a ser el Alcázar de los Reyes Cristianos, pero primero queremos desayunar, así que buscamos un lugar en el que tomarnos un café. Acabaremos jalándonos un mollete con jamón, como quien no quiere la cosa, y a un precio de risa – pero eso ya lo contamos en otro momento.

El Alcázar de los Reyes Cristianos se encuentra muy cerca de la Mezquita-Catedral. En este caso sí pagaremos entrada (4,5€ por persona), pero será uno de los pocos gastos que haremos en este viaje.

El Alcázar de los Reyes Cristianos fue mandado a construir por Alfonso XI en el siglo XIV, y que ha sido residencia de los Reyes Cristianos y también sede de la Inquisición durante más de tres siglos.

El edificio fue construido sobre el antiguo alcázar califal y años más tarde, bajo las órdenes de los Trastámara, fue ampliado añadiendo baños y jardín.

Del alcázar cabe destacar varias cosas: las Torres de los Leones, de la Inquisición y del Homenaje. Así también el salón de los mosaicos, antigua capilla barroca que se encuentra revestida en la actualidad con mosaicos romanos hallados en el año 1958 en la Plaza de la Corredera.

La visita al Alcázar no es rápida, sobre todo cuando te metes en sus jardines y empiezas a alucinar. Pero antes de los jardines debes subir y bajar torres, alucinar con las vistas de la ciudad, del Guadalquivir y de las contiguas Caballerizas Reales.


La Sala de los mosaicos es uno de los lugares más destacables del alcázar, por lo bien conservados que están y lo impresionantes que son. Pero del Alcázar de los Reyes Cristianos aquello que más sorprende son los jardines, una suerte de oasis en medio de una ciudad abrasada por el sol del sur.

Pasear por los jardines de este lugar es algo maravilloso. Una mezcla de olores entre el jazmín, la lavanda o el limón; el sonido del agua al brotar de las decenas de fuentes que hay, la hojarasca mecida por la leve brisa… Un remanso de paz en el que pasar horas caminando, leyendo o meditando.

Aquí, en el Alcázar, es donde los Reyes Católicos recibieron a Colón antes de partir hacia las Américas, y encontramos un monumento en los jardines que nos recuerda este hecho histórico.

La Judería

Tras el Alcázar, nos dirigimos hasta la judería, uno de los lugares más mágicos de la ciudad de Córdoba. Casas blancas, callejuelas, Maimónides y hasta una Sinagoga.

La judería es el barrio más antiguo de Córdoba y su Sinagoga es la única que data del siglo XIV en España, junto a la de Toledo. Es éste un pequeño edifico en el que no cabe un centenar de personas – y por el aforo es limitado – es otra de las muestras de que Córdoba fue una ciudad de convivencia entre culturas y en la que todavía hoy se respira ese aire de tolerancia y buen rollo.


Otro de los lugares con encanto de Córdoba es el Zoco, un patio remodelado destinado a talleres de artesanos y donde se puede ver cómo trabajan. Además, es un lugar con mucho encanto, ese lugar que tantas veces hemos visto en fotografías y que en las Cruces de Mayo está repleto de flores.

Pero lo mejor que se puede hacer en Córdoba es callejear, y callejear, y seguir callejeando. Y toparte ahora con una puerta bonita, ahora con una reja florida. Y asomarte a un patio. Y encontrarte con murallas, y ahora palmas de flamenco, y después tomarte una caña en la facultad de filosofía, y después comer salmorejo en un patio cordobés.

 

 

El calor cordobés, todavía en septiembre, es asfixiante. Por ello después de probar los manjares de la gastronomía local, echarse una buena siesta es una idea maravillosa. Y después de la siesta, seguir con el paseo y caminar hasta el Cristo de los Faroles, otro de los lugares representativos de Córdoba.

Cristo de los Faroles

Es curioso cómo esta ciudad es muchas cosas en una, porque para llegar hasta nuestro destino pasamos por la Plaza de las Tendillas, uno de los puntos más representativos de la Córdoba moderna, pero cuando por fin nos topamos con el Cristo parece que nos hayamos adentrado en una ciudad – o mejor, un pueblo – distinta. Las calles más o menos anchas se tornan estrechas, el asfalto se vuelve a cambiar por piedra, mucha piedra, y las casas parecen las de una aldea andaluza, de un par de plantas, de paredes encaladas y tejas de color azafrán. Las ventanas, dispuestas de forma simétrica, aparecen todas enrejadas.

La sensación que tenemos al entrar en la Plaza de los Capuchinos, donde se encuentra esta escultura, es impresionante. No tanto por el Cristo, sino por todo el conjunto: sobriedad, elegancia y mucha belleza es lo que aparece ante nosotros. Una no puede irse de Córdoba sin pasar por este rincón que es uno de los muchos que guarda la ciudad con un encanto imprescindible.

Desde donde estamos continuamos caminando, esta vez sin mucho rumbo, hasta pasar por la casa del Bailío, que sigue siendo de un blanco inmaculado, y bajamos por la cuesta con el mismo nombre hasta toparnos con una señal que reza lo siguiente: Santa Marina. Vaya… que hay un barrio que lleva mi nombre, y encima dice que es Santa, ¿dónde se ha visto eso? Vamos a Santa Marina, a ver qué nos topamos, le comento a Juanjo. Como no tenemos nada más pensado, seguimos las señales y caminamos hasta el barrio tocayo.

La ciudad, otra vez, vuelve a sorprendernos. Santa Marina es uno de los barrios periféricos al recorrido histórico de la ciudad. No se suele ir a él porque no aparece en las guías, pero de nuevo la ciudad cambia por completo y vamos a parar a uno de los lugares con más solera de la ciudad. Tanta solera tiene que allí se encuentra el monumento en honor a Manolete, un conjunto escultórico enorme plantado en medio de la plaza del Conde de Priego, otra de esas plazas cordobesas con encanto.

Pero no venimos aquí por Manolete, venimos aquí por Marina, y con una iglesia nos topamos, una iglesia que empezó a construirse en el s.XIII y que es de una belleza exquisita, con una portada y un rosetón de estilo gótico mudéjar, y con una torre campanario del s.XVI ¡Hay qué ver lo bonita que queda la mezcla en Córdoba!

El exterior de la iglesia es de admirar, pero el interior no se queda corto: altura y sobriedad. ¿Qué más le podemos pedir a un edifico?

Continuamos nuestro paseo después de este gran descubrimiento, y pasamos por el Palacio de Viana – aunque no lo visitamos – ya que vamos de camino a la Plaza de la Corredera, que es una de las pocas cosas que nos queda por ver, y porque queremos tomarnos algo.

Plaza de la Corredera

Pero otra vez Córdoba nos sorprende con el desvelamiento de una de sus miles de caras y, a punto de caer la noche, nos encontramos de frente con el Templo Romano, rodeado por murallas de la misma época. Este templo, ejemplo del culto imperial en el territorio bético entre la época de Augusto y al menos hasta el siglo III, formaba parte de un conjunto mayor en el que se encontraba una plaza y un circo. Lo que queda hoy son columnas de mármol que se erigen regias hacia las alturas.

Hasta la Plaza de la Corredera no nos queda mucho camino, y es que Córdoba es la ciudad perfecta para ser caminada: la distancia entre los principales monumentos no es mucha, y a cada paso que das te encuentras con algo sorprendente o llamativo. Y sorprendente es esta plaza, porque de nuevo parece que estemos en otro lugar totalmente distinto. Es más, esta plaza nos recuerda más a un lugar castellano, como bien podría ser la Plaza Mayor de Madrid o la de Salamanca – salvando las distancias. El aspecto actual de la plaza se debe a las intervenciones hechas en la misma en el s.XVII y fue, hasta mediados del s. XX, el lugar donde se realizaba el mercado. En la actualidad esta plaza está llena de bares y es uno de los lugares típicos de la ciudad para ir a tomar algo – de todo, menos el fresco.

Calle del Pañuelo

Poco más nos queda hacer en la ciudad, al menos a estas horas. Nos acercamos, otra vez en el núcleo histórico Patrimonio de la Humanidad, hasta la calle del Pañuelo, otro de los rincones típicos de Córdoba. El nombre de la calle se debe a la poca distancia que hay entre las paredes; y sí, estrecha es:

 

DÍA 3

No queremos marcharnos de Córdoba sin tomarnos un buen desayuno y dar un último paseo por sus calles. Volvemos a la Plaza de las Tendillas, nos metemos de nuevo en sus callejones retorcidos y preciosos. Nos topamos con nuevos edificios sorprendentes y con mucha, muchísima gente. Siendo miércoles, las calles de la ciudad están repletas de turistas que seguro van a acabar tan enamorados como nosotros de Córdoba.

Puerta de Sevilla

Pero por si no hubiéramos tenido suficiente, y por si eso de perdernos no fuera algo que hacemos muy a menudo, acabamos adentrándonos en la zona de la Puerta de Sevilla, lugar en el que Córdoba nos desvela otra de sus caras. Callejuelas estrechas, empedradas, casas encaladas y ventanas enrejadas, macetas azules y el verde de las plantas. No puedo creer, a cada paso que doy, que una ciudad pueda ofrecer tanto, y tan diverso.

Unos pasos más adelante aparece la ya citada Puerta de Sevilla, conocida en época califal como Puerta de los Drogueros. En la actualidad encontramos una escultura de bronce dedicada al jurista, político y teólogo cordobés Ibn Hazm.

Y ahora sí, necesitamos que Córdoba deje de sorprendernos. Nos vamos extasiados de la ciudad; extasiados y enamorados.  Pero antes de regresar a casa todavía nos queda un lugar, construido en la loma, a ocho kilómetros de la ciudad, que queremos visitar. Tomamos el coche para acercarnos hasta Medina Azahara, pero ésta es ya otra historia.

MÁS INFORMACIÓN

Córdoba es una ciudad perfecta para pasar un fin de semana, un puente, o un par de días muertos, como fue nuestro caso. Es una ciudad económica en todos los aspectos, y bellísima. La riqueza de su patrimonio es exultante y es tan bonita que no deja indiferente a nadie.

De las mejores cosas que se pueden hacer en la ciudad, además de visitar los monumentos más destacados, es perderse por sus calles, caminando sin rumbo fijo, y sentarse ahora en una terraza a tomar una caña, ahora a comer media ración de bravas.

Si queréis profundizar más en temas de arquitectura o historia, os dejamos varios enlaces que os serán de ayuda:

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